El Señor Manuel, 40 años de viaje.

 

 Cuentan que llegó a casa un buen día, con el mismo traje gris marengo con el que 40 años antes había partido para la Habana. Muchos ya no le recordaban…algunos comentaban que podía estar muerto, otros traían noticias de que le habían visto en Brasil… Cuando regresó, sus hermanos y su esposa ya habían fallecido.

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Un día sus hijos recibieron una carta dirigida a Ideal y  a Libertad, que eran los nombres que él les había puesto,  aunque  luego se los habían hecho cambiar. Estaban felices de que su padre, del que no guardaban más que un leve recuerdo, hubiera decidido  volver casa , y empezaron a decírselo a todos y a prepararle una habitación.

Contaba mi padre que él  también había oído hablar de Manuel, pero  no le había conocido. Cada vez que mi padre hablaba de él , su expresión era una mezcla entre  asombro, crítica y a la vez  admiración… decía que era un idealista;  una buena persona, un hombre culto,  pero a la vez no podía entender como había abandonado a su familia en tiempos tan dificiles y también comentaba admirado como sus hijos estaban  locos de contentos y le contaban a todos que esperaban pronto la vuelta de su padre. Como muchos niños que se han criado sin padre, estaban deseando tener uno, aún ahora cuando ya eran casi viejos y  le dedicaban las mejores palabras.

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Yo lo recuerdo alto,  delgado y un poco encorvado. Trajeado al estilo de antes;  con camisa totalmente abotonada pero sin corbata , sombrero y un bastón para caminar.  Tenía una  extraña elegancia  y un  cierto parecido con Valle Inclán.  Hablaba castellano y eso en un hombre de su edad me sorprendía un poco. En Galicia la gente mayor hablaba gallego a no ser que estuvieras loco, y él no parecía loco. Un día mi padre me comentó que cuando le había hablado de Castelao, él le había dicho  que no entendía ni apoyaba el nacionalismo gallego y eso le había sorprendido de un hombre tan liberal y ” viajado”…

Puedo decir que gracias él mi infancia ha tenido una chispa de magia y que aunque a veces he intentado recordar algo más de aquellos días, era demasiado pequeña y sólo conservo pequeños recuerdos.

Un día mi madre nos dijo que aquel verano, el señor Manuel que antes  había sido profesor,  iba a darnos clases… lo hacía porque le apetecía, para estar entretenido,  no recuerdo ni que mi madre le pagara nada…

 Y cada día después de comer, iríamos a su casa con un cuaderno y un lápiz.

Mi madre nos avisaba cuando ya eran casi las tres y mi hermana Ana y yo nos juntábamos con otro niño vecino e íbamos a la casa donde Don Manuel vivía con su hija, a solo treinta metros de mi casa. Tengo que decir que yo no tendría ni 4 años y estaba encantada; porque en  aquella casa me trataban con respeto,  como a una adulta o mejor aún;  como a una invitada de honor…

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 Por una cancilla de hierro verde accediamos a un patio donde había un pequeño tanque para lavar la ropa y muchas flores;  las que más llamaban nuestra atención eran las “patatas fritas” que era como nosotras llamábamos a las lunarias y a veces le pedía unas pocas para llevarles de comer a mis muñecos 🙂 .

Al  llegar, Maruja que era la hija  del señor  Manuel, nos invitaba a café y lo tomábamos en la mesa de la cocina,  todos juntos; era  algo así como debe de ser  la ceremonia del té japonesa… Primero colocaba una tacita delante de cada uno de nosotros. La mía era diferente del resto,  la más pequeña de todas, y eso hacía que me sintiera aún más especial… y luego ponía una azucarera con su cucharita y yo me echaba tres o cuatro cucharadas de azúcar para poder tragar aquel café  que por su puesto era sólo, sin leche 😮 . Luego pasaba a servirnos con una cafetera antigua, que rodeaba con un paño de cocina,  a mí me echaba muy poco, pero ya sólo el hecho de tomar café me hacía sentirme interesante;  nadie en mi casa me había tratado así antes. Después charlábamos un rato de las cosas cotidianas de la vida, mientras a veces de fondo sonaban las noticias en la tele, que una vez que acabábamos el café se apagada y se cubría  con un tapete de cuadros de vichy, bordado y con un volante. Entonces era cuando  Maruja desaparecía y  empezaban las clases.

Don Manuel era exigente; nos ponía cuentas, problemas y nos hablaba de un montón de cosas… mi hermana  ya sabía dividir antes de cumplir siete años y  yo recuerdo estudiarme la tabla con cuatro años;  me hacía decirla del derecho y del revés… decía mi madre que a veces llegaba a casa antes de la hora de salir y entonces ella me preguntaba porque llegaba tan pronto y  yo le contaba que el señor Manuel me había echado, porque estaba cansada o distraída y no le atendía.  ¡Os juro que yo no me acuerdo de esto! No recuerdo ni una bronca… pero si lo dice mi madre ,será!   Sólo recuerdo que al día siguiente volvía a su casa tan contenta 🙂

Algunos días el señor Manuel nos sorprendía y al acabar la clase nos llevaba a pasear por el campo… Caminábamos por el medio de bosques de castaños y robles;  él con su bastón y su sombrero y nosotros jugando y parando para entretenernos con cada cosa nueva que veíamos. Entonces nos llamaba y nos preguntaba _¿ Sabéis qué es esto? _¡Esto es es pan de cuco! Y los pétalos se comen…! y  estos son chuchameles y saben a azúcar y las plantitas de reloj… que tardaban un minuto exacto en hacerse un rizo… y llegabamos a casa contando todo lo que habíamos aprendido.

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Cuando se terminó el verano ya sólo volvimos algunas veces a visitarlo. Mi madre nos llevaba… recuerdo que me costaba mucho estarme quieta y mi madre tenía que reñirme. Odiaba aquellas visitas largas y creo que las sigo odiando 😞  La última vez que fuimos a verlo mi madre nos dijo que  el señor Manuel estaba muy enfermo y que quería vernos, ella había estado por la mañana y él le había preguntado por nosotras… Entonces tuve miedo de que fuera a preguntarme la tabla de 9 porque al empezar el colegio había  vuelto a las sumas y se me habían olvidado las tablas… así que le dije a mi madre que no quería ir porque no recordaba la tabla, pero ella me convenció para que fuera y aquella vez también vino mi padre… Era la primera vez que subía al piso de aquella casa, por unas escaleras blancas y estrechas. Maruja iba delante de nosotros y nos llevó hasta una habitación  tan pequeña, que tuvimos que quedarnos en el pasillo con la puerta abierta;  solo cabía la cama estrecha con cabezal de forja blanca,  donde estaba el señor Manuel  y una mesilla de noche donde había un reloj despertador  y botes de medicinas y jarabes. Don Manuel estaba raro sin su sombrero;  parecía más delgado y sus manos huesudas temblaban  más que nunca, pero aún así sonrió y  me pidió que le diera la tabla del 9, entonces quise que me tragara la tierra… cuando ví que todos se reían y me puse roja. Alguien debía de haberle dicho que no quería ir a verlo para que no me preguntara la tabla. ( Siempre tan indiscretos 😓 )

Aquella visita no fue tan larga como las otras, mi madre no se quedó una hora hablando con Maruja… después de un rato, dejamos al señor Manuel en aquella habitación  con paredes pintadas de color rosa,  que olía a medicinas y a galletas. Aquel fue el último día que vería al señor Manuel.

Cuando mis padres  me dijeron que había muerto, todavía no tenía claro lo que significaba morir… bueno, casi como ahora, pero sólo sé que ningún verano volvió a  ser igual.

De lo que pasó durante aquellos 40 años de viaje no puedo contaros nada, creo que nadie lo sabe…

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2 pensamientos en “El Señor Manuel, 40 años de viaje.

    • Yo preguntaba mucho, era bastante pesada 😉 Pero en este caso creo que era demasiado pequeña… pregunté luego a todos los que le conocieron pero nadie me ha sabido decir… Puede que tuviera una familia paralela en algún país de sudamérica, o tal vez estuviera encarcelado… quién sabe!

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