Cuento de viajes para niños en cuarentena.

Hace ya mucho tiempo, en un lugar muy lejano a donde todavía no había llegado la televisión, había un bonito pueblo de casas de madera con los tejados verdes, situado en medio de las montañas. En aquel lugar tan especial tampoco había colegio, pero los niños de Sarapanda sabían muchas cosas y tenían todo su tiempo ocupado; conocían los nombres de todas las plantas y flores, podían reconocer a más de 50 especies de pájaros por su canto y tenían casi 100 palabras para diferenciar las múltiples tonalidades de verde… En las noches de invierno, ayudaban a sus padres a hacer mantas en el telar, mientras sus abuelos les contaban interesantes historias que ellos tenían que aprenderse para contárselas a sus nietos cuando fueran mayores… En verano, los niños de Sarapanda llevaban a las cabras a pastar a las montañas para alejarlas de los campos de arroz y jugaban con sus amigos en los prados; corriendo y tirándose sobre montones de paja! En Sarapanda no había colegio, pero los niños tampoco lo echaban de menos porque ni siquiera sabían lo que era…

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Un día llegó un extranjero al pueblo, era un hombre raro… Casi nadie había visto nunca a un extranjero y no podían parar de mirarlo; todos querían verlo de cerca y algunos incluso lo tocaban. Aquel hombre tenía el cabello castaño claro y los ojos redondos… _Yo diría que demasiado redondos para aquellos parajes, donde todos tenían unos preciosos ojos achinados, como si estuvieran sonriendo todo el tiempo! Aquel hombre tenía un nombre tan difícil de pronunciar y de recordar,  que decidieron llamarle Hu, que era el nombre del mes en el que había llegado al pueblo. Aquel extranjero había venido buscando un lugar donde vivir en las montañas, pues estaba aquejado de una enfermedad pulmonar que le dificultaba respirar y su médico le había recomendado aire puro.

Hu era un hombre alto, delgado y algo descolorido pero tenía unas habilidades ocultas que sorprendieron a los habitantes de Sarapanda… y además vieron que podían resultarle muy últiles; Hu sabía leer y escribir y en poco tiempo se hizo con el puesto de cartero de la zona; algunos sarapandianos habían emigrado para trabajar en la ciudad y esperaban a que alguien bajara para enviarle paquetes a sus familiares. Hu vió que podía ser un buen trabajo, además era una buena manera de ayudar a aquella gente que tan bien le habían acogido, y se hizo cartero; dos días a la semana bajaba al pueblo que estaba más cercano a la carretera para recoger los paquetes y las cartas que llegaban y se lo llevaba a las familias de todo el contorno; luego le leía las cartas y les ayudaba a contestarlas… Cuando Hu terminaba su trabajo de cartero, iba a trabajar al huerto que había comprado al lado del lago Dao y allí plantaba tomates, patatas y cebollas… Al lado de su huerto y separado por un muro estaba el huerto de Mei, una chica lista pero muy callada que se había quedado huérfana demasiado pronto y había tenido que trabajar duro para salir adelante …

Aunque Mei era muy querida por todos, lo cierto es que nadie la había visto sonreír nunca. Mei también plantaba zanahorias, lechugas, guisantes… y todas las tardes de verano al caer el sol, iba a regar su huerto. Podría decirse que tenía un huerto tan artístico que llamaba la atención de todos los que por allí pasaban; todo en orden , formando filas perfectas de  colores diferentes, además  en la valla que cerraba el huerto había plantado tres tipos de rosales trepadores de diferentes colores,  que durante toda la primavera y hasta bien entrado el otoño hacían que aquel huerto fuera el más bonito del pueblo y seguramente del mundo.

Cuando Mei veía pasar a aquel hombre para su huerto, siempre pensaba : _Qué hombre más feo y más raro… Luego, levantaba la mano para saludarlo y él le respondía con el mismo gesto _Mei no era de muchas palabras y además tampoco había aprendido a sonreír… Así que seguía trabajando afanosamente; no le gustaba ver ni una sola mala hierba en su huerto.

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Poco después de comprar el huerto, Hu había adoptado un conejo que cada día venía a visitarlo; le había hecho una especie de caseta con una cama y mientras estaba trabajando lo soltaba, le daba de comer y lo dejaba brincar bajo vigilancia por la parte que estaba sin cultivar…pero un día se olvidó de cerrar la puerta de la caseta y el conejo quedó toda la noche suelto: saltó el muro que daba al huerto de Mei y se comió todas sus zanahorias, no le dejó ni una! Cuando al día siguiente llegó Mei y se encontró con aquel desastre, cogió al conejo por las orejas, no para castigarlo, para Mei aquella era la forma más natural de trasladar un conejo… y se lo fue a llevar a su dueño; estaba tan enfadada que le dijo que guardara bien aquel conejo o lo guisaría y se lo comería… Mei nunca habría hecho  eso, porque en Sarapanda nadie comía conejos, pero algún día habría oído algo así y estaba tan enfadada, que le salió sin pensar.

Hu se sintió tan avergonzado, que no supo ni qué decir; al día siguiente compró un buen ramillete de zanahorias y fue a disculparse…Mei aceptó las zanahorias sin decir ni palabra y siguió trabajando en su huerto. Los sarapandianos no tenían ninguna palabra para decir gracias cuando todavía les duraba el enfado… Al día siguiente, Hu le dejó una cesta de manzanas al lado de la puerta y al siguiente, un cesto de castañas secas y unos huevos de sus gallinas…

Entonces Mei cogió los huevos e hizo un bizcocho que sólo se hacía en ocasiones especiales; como cuando querías que alguien fuera tu amigo; lo partió por le medio y le llevó la mitad a Hu. Cuando Hu la vió llegar con la mitad de un bizcocho sonrió y a Mei ya no le pareció ni tan feo, ni tan raro… y así fue como empezó su amistad. Aunque Hu era extranjero había entendido el mensaje del bizcocho de la amistad, que es un mensaje tan sencillo y claro;  que en casi todo el mundo lo entienden.

Cada día charlaban un rato, cada uno desde su huerta… Mei le daba consejos para cultivar mejor, porque a Hu no parecía dársele muy bien y cuando hacían un descanso se sentaban a la sombra y Hu le preguntaba que pájaro era aquel que cantaba, porque al haberse criado en una ciudad, no sabía casi nada del mundo real…

Un día Mei le contó a Hu que tenía algo muy valioso en su casa , algo que le había dejado su abuela en herencia pero que no sabía como usarlo…Cuando se lo trajo, Hu vió que era un libro, un libro de viajes que Mei guardaba como oro en paño. Estaba segura de que era el único libro que había en Sarapanda y por eso trataba de cuidarlo…

La abuela de Mei había llegado a Sarapanda como refugiada, huyendo de la guerra que había arrasado a todo el país; los padres de Mei habían muerto en una explosión y su abuela caminó con Mei en la espalda durante más de un mes; algunos granjeros las acogían para dormir y le daban leche para Mei, pero al día siguiente tenían que seguir  caminando;  su abuela sabía que solo en las montañas estarían seguras… Cuando llegaron a Sarapanda; la abuela de Mei estaba muy enferma y casi ciega pero Mei estaba perfectamente a pesar de todo lo que habían pasado juntas. Lo único que traían era una pequeña maleta con alguna ropa, algo de dinero y un libro que la abuela había salvado de su casa en llamas… Mei no recordaba nada de antes de llegar a Sarapanda pero su abuela se lo había contado más de mil veces, quería que Mei tuviera los pies sobre la tierra y siempre le hablaba de todo el daño y el dolor que producen las guerras.

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Hu cogió el libro y empezó a leerle aquellas historias de viajes. Mei estaba asombrada de que de aquel cuadrado con hojas saliera tanta vida…Pero sabía que no podía ser que Hu se lo estuviera inventando porque Hu no contaba cosas tan interesantes. Cada tarde después de que bajara el sol, se sentaban debajo del cerezo y Hu le leía un capítulo; ella esperaba con ansia a que llegara aquel momento, porque siempre parecía quedarse en la parte más emocionante… Luego charlaban sobre lo que habían leído y Mei estaba encantada con aquellos personajes que habían entrado en su vida y que parecían tan reales como si fueran de Sarapanda…Pero lo que más le gustaba eran los viajes que hacían: Un día viajaban en barco por el mar… Cómo sería el mar?_Pensaba Mei y en el siguiente capítulo la protagonista atravesaba toda Europa y admiraba los campos de tulipanes en Holanda…También iba a India;  visitaba los palacios de los maharajás y montaba en elefante, todavía no sabían que montar en elefante le daña la espalda a los pobres animales… Pero un día, aquel libro, que había estado tanto tiempo dentro de una caja encima del armario, se terminó. Mei sabía que pasaría, porque veía como Hu iba pasando las hojas… pero no pudo evitarlo y lloró!

Hu se quedó sorprendido ante tanta expresividad nunca antes demostrada y no sabía como consolarla, le dijo que volverían a leerlo juntos pero ella decía que ya no sería lo mismo. Solo lloraba porque no quería que el libro se terminará jamás, porque eran las mejores tardes que había pasado en su vida;  había aprendido tantas cosas…y además lloraba porque estaba contenta de tener un amigo que supiera leer y que compartiera con ella todos aquellos momentos y aventuras, también le hacía recordar a su abuela que le había dejado aquel objeto mágico que ella nunca había aprendido a usar porque su abuela se había quedado ciega cuando ella era muy pequeña y en Sarapanda nadie sabía leer…

Aquel invierno Mei se propuso aprender a leer y a escribir, Hu iba a ayudarla. Cuando llegaron las nevadas, Mei se pasaba el día en casa porque en las montañas cuando nieva, no se puede salir a trabajar y Hu solo bajaba al pueblo un día a la semana para buscar las cartas y ya de paso le traía alguna libreta o libros sencillos para que Mei practicara… Mei aprovechó muy bien el tiempo;  estaba tan ilusionada con aquella nueva aficción que hasta había dejado  de tejer; pensaba que ya tenía demasiadas mantas y se pasaba el día haciendo letras en su cuaderno…y luego palabras y oraciones y cada vez leía mejor.

Un día cuando fue a ver a Hu lo encontró tumbado en la cama; estaba tan enfermo que casi no podía ni hablar…entonces fue corriendo a llamar al curandero del pueblo y este le dijo que tenía que hacerle un remedio con hierbas de las montañas; Mei salió por la nieve a buscar las hierbas que le había pedido el curandero, las hirvió para hacer una infusión  y se las dió a Hu a beber, luego colocó unos cojines en el suelo al lado de su cama y se  quedó a cuidarlo durante toda la noche…pero cuando Mei despertó, encontró a Hu inmóvil y muerto… fue a llamar a los vecinos y todos juntos le hicieron un afectuoso homenaje de despedida a Hu.

Cuando regresó a su casa se encontró una carta de su amigo sobre la mesa, Hu la había escrito antes de morirse;  le dejaba su huerto y algo de dinero para que Mei cumpliera su sueño.

Mei se sentía agradecida por la generosidad de su amigo pero lo que más feliz la hacía era saber que a pesar de su inexpresividad, él había entendido cada una de sus demostraciones de amistad. Quizás los dos necesitaban un amigo y se habían encontrado.

Mei decidió llevar a cabo su plan; en realidad tenía dos;  un plan A y un plan B… Los sarapandianos se habían acostumbrado a ser previsores por las duras condiciones del invierno… y además siempre está bien tener dos planes, porque nunca se sabe!

En primer lugar, Mei derrumbó el muro que había saltado el conejo y que  separaba los dos huertos y con el dinero que le dejó Hu hizo una casita de madera con el techo verde en medio de los dos huertos. Bajó al pueblo y compró cuentos, pinturas y libretas para los niños e inauguró su escuelita en medio de las montañas. La primera escuela de Sarapanda sería un lugar bonito y acogedor para que los niños pudieran pasar el tiempo juntos durante el largo invierno, en lugar de estar cada uno en su casa… Mei les enseñaría a leer y les contaría todas aquellas cosas que había aprendido con el libro de viajes; sabía que de nada sirve tener habilidades si no se comparten con los otros.

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Y después de unos meses trabajando duro en la escuela, decidió llevar a cabo su plan B;  aquel que Hu conocía; el  que era su verdadero y más auténtico sueño… Primero escogió a los dos mejores estudiantes del colegio y les facilitó todo  para que continuaran con su obra y luego decidió dejarse llevar por su intuición y hacer caso a sus más íntimos deseos… Recorrer mundo era en lo único en lo que Mei podía pensar después de que Hu le había leído el libro de viajes; saber que había un mundo diferente y variado  lejos de Sarapanda y no salir a verlo… sería desperdiciar su vida. Muchas veces se lo había propuesto a Hu, que la observaba callado mientras ella nombraba entusiasmada uno tras otro los lugares que le gustaría visitar…  Pero Hu estaba demasiado enfermo y sabía que no tendría fuerzas para unirse a Mei en aquella  aventura …

Mei sabía que Sarapanda siempre sería su hogar, ese lugar a donde poder volver… el mejor que su abuela le habría podido encontrar;  un lugar seguro entre las montañas… Pero ahora era hora de volar;  sus ganas de aprender le daban toda la fortaleza y la valentía que necesitaba para salir sola por el mundo adelante.

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Aquel día Mei pensó mucho en su buen amigo Hu y en como un simple bizcocho puede cambiarlo todo… y cuando Mei tuvo su maleta hecha,  bajó a despedirse de los niños del colegio y de los vecinos que se iba encontrando…   A la gente le costaba reconocerla, algunos tenían que mirarla dos veces para saber quien era…Y es que desde que Mei había decidido hacer realidad su sueño… parecía otra persona, al fín había aprendido a sonreír!   y ahora ya no podía dejar de hacerlo.

  2 comentarios para “Cuento de viajes para niños en cuarentena.

  1. 16 mayo, 2020 en 7:13 pm

    Qué bonito cuento, un placer leerte

    Le gusta a 1 persona

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